Nada calentaba mejor mis manos que el interior de tu chaqueta. Tu barbilla era la pieza exacta que encajaba en mi hombro. Sabías mejor que nadie como hacerme sonreír. Nunca se nos acababa la conversación, nunca. Me perdonabas mil errores que admito que cometí, ninguno grave. Me encantaron todas las películas que no vimos juntos porque nos perdimos al primer beso. El agua de la ducha estaba más caliente si caía sobre los dos. Me tranquilizaba que tus miedos fueran aún mayores que los míos, y a ti que yo los comprendiera por que eran compartidos. Echo de menos todo eso que sentíamos juntos, que sentía por ti, pero no te echo de menos a ti.
Me enganchaste como a una drogadicta. Nunca conseguiste calentarme los pies cuando dormíamos juntos y sabías mejor que nadie como hacerme llorar, aunque fuera sin quererlo. Fuiste un virus para mi alma, que no hacía más que encoger mi espíritu. Contaminabas mi ambición e intentaste frustrar algunos de mis sueños, aunque hoy digo orgullosa que no lo permití. Sin embargo, cometí el mayor error que pude: abandoné mi libro de poemas, casi abandoné también mi pintura (¡quien lo diría!), es decir, casi dejé de soñar. Mi vida eras tú, menuda basura de vida, limitada a una persona. Me embadurnaste de amor de fotocopiadora, lleno de estereotipos, amor tóxico. Ni siquiera me gustaban las canciones que elegías para los dos, porque todo el mundo las conocía, y eso nos las robaba.
Y lo peor de todo, no sabía dejar de quererte.
Hoy no te echo de menos, pero te doy las gracias por dejar de quererme tú a mí (con tercera de por medio y aunque luego te arrepintieras de hacerlo.)
Te doy las gracias porque al dejar de quererte a ti, he comenzado de quererme a mí.
Hoy soy la persona más importante de mi vida y, aunque a veces me sienta sola...
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